El Buzón

Tratando de extinguir ese fuego que corría por mis venas, aquel día en Madrid, me encontré con algo que me dejó totalmente anonadado. Un pequeño pellizco en el tiempo que me sorprendió de forma completa y durante mucho tiempo. Algo que me hizo dar cuenta de que el mundo no es tan real como lo muestran los espejos y los vidrios en su reflejo.
Yo no sé si la hora influyó en mi encuentro con lo desconocido o si el alcohol me hizo ver cosas que realmente no existían. No lo sé, pero desde ese momento, mi caminata tuvo un antes y un después. Y ése fue el cenit.
Recuerdo que fue en abril y que era sábado. Casi ya amanecía, recuerdo bien eso, ya que el aroma a pan cocinandose salia despedido desde esas ventanas color ocre que me acompañaron durante todo el trayecto desde el bar "Cake" hasta el fin de la bifurcación de Alarcon y Av. Real.
La cuestión es que, a fin de cuentas, me encontré en un momento parado ante un buzón que hablaba. Me hablaba a mi. Si, un buzón. Azul, grande, cilíndrico,solitario (tal como nuestros viejos tangueros).
No hubiera descubierto la virtud charlatana de ese ser metálico a no ser de que venia caminando lento mientras contaba las pesetas que me habían sobrado luego de esa interminable noche de juerga en desamparo total. No fue una noche interminable por ser larga, no señor. Fue interminable por que me encontraba solo y por que estando solo cualquier persona mira más a su reloj que a otra cosa. Aunque existen casos de personas viven en una soledad continua, viajan solas por el mundo, como animas, e incluso estando con alguien siguen mirando su reloj, cosa que me pone incomodo porque siento que me están echando de una forma muy disimulada o de que no tienen ganas de socializar conmigo. Pero ese ya es otro tema.
La cuestión es que yo, yo mismo pude encontrar a este objeto tan cotidiano en medio de su locuacidad. Por un momento pensé que era todo una broma y recorrí en forma de circulo toda su circunferencia en busca de algún taimado con mucho tiempo libre. Pero no, no había ningún bellaco a esa hora con ganas de jugarme una chanza. Ésta añil entidad estaba tan sola como yo, y al parecer, con mucho que contar.
Temí, claro que temí, es obvio.
Por un momento, me alejé varios metros con un recelo latente. Pero al cabo de pocos minutos decidí volver y acercarme nuevamente a ese elemento que suscitaba en mi algo totalmente fantástico. Algo totalmente fuera de lo habitual. A esa hora y en ese estado nada excéntrico podría pasmarme.
Sin quitar mis ojos, todavía desorbitados -debo confesarlo- comencé a apoyar lentamente mi mano sobre él. Pero esto no detuvo para nada su continuo parloteo.
Acercando mi oído a su boca por fin pude entender lo que decía este cuerpo azulado.
El buzón leía, leía las cartas que permanecían guardadas en él, y que esperaban ser retiradas y repartidas, respectivamente.
Tantas cosas dulces pude escuchar (algunas bastante empalagosas), muchas cosas tristes también pude oír. Así que me quedé a su lado de forma totalmente inconsciente. Me senté y escuchándolo descubrí más cosas todavía -supongo que él precisaba un oído- al mismo tiempo note de que mi vida no era la única que poseía problemas y que mis dramas al lado de algunos de estos eran totalmente nefastos, insignificantes.
También surgió en mi la revelación de que mis amores nunca fueron totalmente reales o totalmente puros y veraces.
Bah, igual eso no me molesto tanto en ese momento. Escuchar cartas de amor de otras personas me conformó tremendamente, podría decirlo. Me di cuenta de que no caigo tanto en la cursilería y que mi dignidad ante una mujer nunca cayó tanto como la de otras personas que escribían cartas que chorreaban azúcar de una forma que me parecía totalmente desagradable y degradante para cualquier persona con dos dedos de frente.
Pero aquí viene lo más importante: al ver, finalmente, que mis problemas no eran tan grandes y que mis amores no eran tan reales, una nube opacó mi cabeza, y miles de preguntas se generaron en mi cabeza, miles te interrogaciones invadieron mi cerebro y me dejaron tan confundido que por un momento pude saber quien era yo en realidad.
¿Tan poco real soy? ¿Estoy vivo? ¿ Tan poco siento? ¿Tan vacío estoy? ¿Tan poco valoro a la gente? ¿ La gente es tan estúpida para mi? ¿La gente vive su vida como quiere? ¿ Que se le cruza por la cabeza a la gente que no piensa igual que yo? ¿Como pueden vivir así?
Me estremecí, me toqué para ver si existía, lloré, toque mis lágrimas, reí, miré mi reloj por fin.
Ya habían pasado tres horas. Eran las nueve de la mañana y yo permanecia todavía al lado del buzón. Abrazado a ese objeto azul que tanto mal me hizo (no entiendo como podía estar abrazándolo todavía).
Ante la mirada de toda la gente, que poco me importaba, comencé yo a hablarle al buzón.
Le conté mi vida, mis fracasos, mis éxitos falsos, todas mis mentiras (las cuales utilizaba de forma recurrente para no sentirme menos tan seguido). Pero no hubo caso, el buzón nunca me escuchó, no le importó. Él no sentía, no pensaba o pensaba demasiado, no le importaba mi dolor ni el dolor de nadie. Solamente guardaba información y la reproducía... nada más.
Sabía mucho de historias, de amores, de muertes, de fracasos, de éxitos. Éste señor azulado guardaba historias ajenas y las contaba con el mismo énfasis a todas, sin darle la importancia que se merecían.
En un momento el buzón se calló y el silencio termino debastandome.
Yo también me quedé mudo a su lado. No sé si él lo hizo porque lo cansé, y entendió que yo necesitaba ser escuchado, aunque a él poco le importen mis problemas. Entonces decidí callarme, mientras volvía a erguirme.
Permanecí parado al lado de él durante una semana, hasta que descubrí por fin que tengo piernas y partí.
¿Por qué tres días, querido lector?
Es que en ese momento, yo no sabia cual de los dos era el buzón.
Gracias por su lectura.
Laucha
Laucha
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